miércoles, 27 de febrero de 2013

Epílogo

Unas letras plateadas en el centro de la pesada piedra dicen: Venancio García Pelayo y Familia y más abajo puedo leer una frase a modo de epílogo “el viaje no acaba aquí, continúa en nuestros recuerdos”.

Recuerdo al Venancio de muchacho, no medía más de metro y medio, su piel se curtió demasiado pronto. Antes de marchar, vivía en una casa amarilla, en una callejuela que da a la plaza del pueblo. A un lado de su puerta dormitaba un raquítico galgo y al otro, apoyado sobre la acera empedrada, un serijo de esparto. Unas veces trabajaba de pastor de una piara de cerdos, cerca de la raña del lagarto, y otras veces, con las primeras lluvias de septiembre, araba de sol a sol volteando la tierra en el inhóspito llano. En el verano, cuando se doraba la siembra, bajo un sol abrasador segaba apresuradamente para guardar el grano y la paja, por lo del miedo a las tormentas, y así un año tras otro. Un día cualquiera, de vuelta al pueblo  por el camino que viene la laguna seca, cruzó la mirada con la Sagrario, una muchacha de piel rosada. Cinco años más tarde los casó Don Antonio, un espigado cura que estudió en el seminario de la capital y que por casualidades de la vida vino a parar por estos desolados pueblos. Cuando nació su segundo hijo se marcharon a Madrid, creo que a un barrio de la periferia por la zona sur.