lunes, 26 de mayo de 2014

Días amarillos

Otro día de sol en un abril amarillo. Las espigas son ralas y están sin encañar. Un viento cansado se filtra entre los tallos de trigo. A lo lejos los cuervos motean el horizonte. Unos álamos escuálidos están clavados en la llanura. Las pequeñas hormigas se afanan en guardar los pobres granos caídos mientras las cigarras cantan en algún lugar indeterminado. Las nubes que no pasan. El mar de espigas amarillas se balancea entre los surcos, como olas terreras. Otra tarde abrasadora y etérea va a morir, las estrellas germinan lánguidas y marchitas.

El cielo amanece rosáceo, límpido y alto, más tarde se hace de cobalto. La escenas se suceden repetitivas, excepto por una tolvanera de polvo curvo que aparece en el mediodía. A rodales los tallos se rompen por el torbellino y después de alzar el vuelo caen entre los terrones de tierra. Las nubes que hoy tampoco pasan. El sonido de las cigarras se vuelve atronador y resuena sordo por el llano. Un camino amarillo, polvoriento y raído serpentea, se retuerce y se pierde tras un lejano teso, tras él va un perro huraño y cansino de color canela.

Cerca del camposanto amarillo hay un viejo caserón de piedra que parece abandonado, a sus pies abundan los cardos marianos. Después se acaba abril y mayo sigue igual de amarillo. Las nubes que siguen sin pasar. Las espigas menudas ya duermen en el suelo. El sol sigue en lo alto, todo está ocre y seco. Tangencialmente, como una elegía mil veces repetida,  las campanas suenan como lamentos en el pueblo varado en la tierra.

Las nubes que no, que no pasan. Llueven piedras.









lunes, 5 de mayo de 2014

Entre Trinitarias

Es posible que ande muerto, debajo de las criptas, algo manco eso sí, según dicen un poco desdentado y en plena senectud. O también es posible, que aún siga vivo, y que escondido en una cueva medranosa  siga inventando nuevas desventuras de otro flaco caballero andante, enamorado de alguna trinitaria ociosa; o quizá imaginando otra novela a lomos de un clavileño cualquiera surcando por algún llano ventoso deshaciendo entuertos, contra necios de hojalata que se ríen de damas deshonradas, quien sabe...

Sin georadar de por medio, y ya en las callejas empedradas de cualquier rincón de las viejas ciudades, corretean   Persiles con sus Sigismundas, licenciados vidrieras, ilustres fregonas,  Rinconetes y Cortadillos con Monipodios maestros de prostitutas y toda una retahíla de personajes desgraciados que todavía hoy siguen viviendo de la  turbia picaresca. Los antropólogos se rascaran la cabeza buscándolo, mientras él con su pluma abstraída y huidiza sigue lejos de Argel, añorando el miembro perdido en aquella vil batalla, recordándonos como autos de fe aquello de que  “aún entre los demonios hay unos peores que otros, y entre muchos malos hombres suele haber alguno bueno”. Por si acaso, desde estas vistas al llano, yo me quedo con el olvidado Rucio rebuznando, anclado a una anilla de una pared blanca y añil, bajo un sol plano de justicia y las ínsulas las dejaremos para los buscadores de cuerpos. 

- ¿Entonces murió?
- Pues no, está más vivo que nunca, zascandil.