jueves, 17 de septiembre de 2015

Mariposas de aceite


Creo que me he habituado demasiado a vivir entre las hoces de la melancolía, últimamente confundo las hojas desprendidas de los árboles con objetos inútiles que en un momento u otro me pertenecieron, una llave oxidada, un artilugio estropeado, un perfume encarcelado. Y cuando la llama de mi vela tirita amenazando con apagarse, ahueco mi mano izquierda para detener la inercia del viento y entonces olvido si es martes o jueves, y me escondo tras un par de cervezas y una mosquitera. Me hundo en mi hueco de la cama comenzando a pasar las páginas de mis libros bajando y subiendo escaleras y revuelvo un poco en mi pecho. Recuento los centímetros cúbicos de mi mente buscando alguna filtración bajo el cráneo, una humedad, algún borde enmohecido, que sé yo si un fragmento desprendido. Es cuando me aseguro de que estoy cuerdo del todo y comprendo que calabaza y calabozo sólo se diferencian en las últimas vocales. Ya entrando en los primeros sueños oigo el sonido del reloj azul machacando los segundos y comprendo lo finito de mi tiempo, son esos instantes en me identifico con esas mariposas de aceite que flotan tan livianas. 




jueves, 10 de septiembre de 2015

Trizas

Bajo una llovizna de polvo seco
sentado en una silla de enea
de un aguzado añil casi liquido
algunos días se come la tierra
para parir palabras porosas
poliedras y cristalinas
sólo entonces es cuando puede
alejar esos precipicios
y romper el ruido
de  los candados y los rincones
entre laberintos de vagas ideas
librar una porción dormida
y volver otra vez a recomponerse
logrando viajar hasta Arcadia
ser un liviano número primo
revolviendo en lo trivial
oír la música de la respiración
y entrar en una dimensión arbórea
juntar los pedazos
zurcir sus trizas.




martes, 1 de septiembre de 2015

En vertical

Lo encontré una noche por la calle trinidad
seguramente camino de la notaría mayor
parecía ensimismado y crédulo,
sus zapatos negros crujían sobre la calzada empedrada,
le seguí por la cuesta del nuncio
vagamente iluminada por lámparas de aceite
su espada dorada casi rozando  el suelo
me detuve cuando se metió bajo el dintel de la casona
en una de las  esquinas de la plaza de cuatro calles.
Reapareció tras los cristales sentado en un escritorio austero
garabateando con su pluma complejos caracteres
acercándola a cada tanto al  tintero negro,
entonces  pude ver con detalle sus manos blancas llenas de puñetas enjaezadas
y sus refinados y largos dedos y su inmensa soledad
incluso descifré el paisaje de su escalofriante tristeza
y creí percibir tantas otras cosas…
Con la lluvia de noviembre empezó a apestar a ánimas
y volviendo tras sus huellas se rompió la magia,
tuve que refugiarme en la primera taberna
donde olía a orines y a vino ácido.

Años después  le recordé cuando andaba yo cerca de Criptana,
y de como asomado al retrato el caballero jamás se cansaba
de mirar y mirar el correr de  los siglos
a través de su indefinida mirada.

(Aquí sigo vertical
tras este cuadro asomado a los siglos
entre estos cuatro maderos carcomidos
asfixiado por la golilla y las puñetas
custodio de la hidalguía
astigmático y místico.)